ADVERTENCIA: Amantes de Jojutla, absténganse de leer estas postales, o háganlo bajo su propio riesgo.
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| Foto: Ana Delia Carrillo |
Mi relación con Jojutla ha sido, por decir lo menos, de amor-odio... con la balanza inclinada fuertemente hacia el odio, debo confesar, por eso la advertencia al principio del texto. Sobreaviso no hay engaño, dice la conocida canción, para que luego no me vengan a reclamar las quejas y opiniones, que, por cierto, son eso, opiniones y muy personales. No pretendo convencer a nadie, ni que estén de acuerdo conmigo. Esto es sólo un ejercicio de catarsis para no enloquecer aún más mientras mis días transcurren entre el calor, la humedad, el sudor pegajoso y el pelo hecho un desastre, que invariablemente termina en una cola de caballo porque es imposible usarlo suelto.
Pero derivo...
Pisé por primera vez Jojutla por ahí del '92, de paso, en un viaje de trabajo de mi ex marido. Jojutla era un pueblito más dentro de una ruta que abarcaba Puebla, Morelos y Guerrero. Si mal no recuerdo, el recorrido era: Izúcar de Matamoros, Cuautla, Cuernavaca, Jojutla, Huitzuco, Iguala, Chilpancingo y Acapulco. Jojutla, pues, era un pueblo más de paso a mejores destinos. Mi hijo mayor, Ray, que nació en enero de ese año, era mi compañero inseparable en esos viajes de trabajo. Mientras su padre visitaba a sus clientes y les vendía camisas, pantalones y calcetines, RayRay y yo paseábamos por el centro de la ciudad en turno. En Jojutla no había mucho que ver, e invariablemente terminábamos en la juguería de la esquina del Mercado Benito Juárez, que está a una cuadra de Plaza Principal, el único cliente de la ciudad, intentando refrescarnos bajo los ventiladores mientras compartíamos un jugo de naranja. A las dos horas ya habíamos dejado atrás la cabeza de Juárez e íbamos rumbo a la autopista para seguir nuestro camino. Para cuando llegó Steffi, mi hija menor, a finales del '93, yo dejé de viajar y Jojutla quedó en el olvido.
Once años después, platicando con don Lobo, vine a enterarme que era de Jojutla, aunque su acta de nacimiento diga Cuernavaca. Y sí, nació allá, pero por mera precaución (en ese entonces Jojutla carecía de un buen hospital y el parto se antojaba complicado), pero don Lobo es jojutlense como el que más. Pero derivo, otra vez...
Cuando don Lobo me contó que era de Jojutla, muy orgullosa le dije: Yo conozco por allá. ¿A poco?, me contestó, con una mirada incrédula y una sonrisa burlona. De veras, le aseguré, y seguí: ¿Cómo se llama la tienda esa que está como en una cuchilla? A lo que respondió, con los ojos abiertos por la sorpresa: Plaza Principal. Ándale, esa mera, le dije muy segura, el dueño se llama don Teles... Y seguimos platicando, con más familiaridad, y de otros muchos tópicos. Lejos estaba yo de saber que en el futuro sería una habitante más de "la tierra que arde".
